Hoy, al despertar el día
y levantarse la mañana,
el suave rumor de la brisa
me trajo tu dulce mirada.
Siénteme siempre contigo
mirándote por tu ventana,
que en estos días tan fríos,
tan llenos de desesperanza,
quisiera darte mi abrigo
y darle calor a tu alma.
Quiero sentir tu alegría
ese brillo de tu mirada
y poder devolverle la vida
a tu sonrisa callada.
Acompañarte en tus paseos
visitar contigo la playa,
hacerte feliz con mis besos
y contemplar la mar en calma.
Sentir la caricia del sol,
juntos desde nuestra ventana,
y llegar hasta tu corazón
cuando lo necesite tu alma.

  • Cuando la luna a su ocaso llega,
    y la mañana inicia su caminar,
    tu sonrisa en mi corazon despierta
    mis sentimientos de felicidad.
    Tierna mirada que me acaricia,
    y lleva a mi cuerpo a temblar,
    besando mis labios sin prisa,
    como el viento besa a la mar.
    Llueve al mirar por mi ventana
    si veo que tras ella no estás,
    siento frío cada mañana
    si tus besos no puedo notar.
    Pero te siento siempre conmigo
    acompañándome en mi despertar,
    tocándome mi coranzoncito,
    volviendo a hacerme soñar.
    Siento tu mirada traviesa,
    tus tiernos y dulces besos,
    tu sabor a miel y frambuesa,
    y siento que estoy en el cielo.
     

 

Ya toda me entregué y dí,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó herida,
en los brazos del amor
mi alma quedó rendida;
y, cobrando nueva vida,
de tal manera he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

                                                    SANTA TERESA DE JESUS

Annabel Lee.
Edgar Allan Poe.


Fue hace ya muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
habitaba una doncella a quien tal vez conozcan
por el nombre de Annabel Lee;
y esta dama vivía sin otro deseo
que el de amarme, y de ser amada por mí.

Yo era un niño, y ella una niña
en aquel reino junto al mar;
Nos amamos con una pasión más grande que el amor,
Yo y mi Annabel Lee;
con tal ternura, que los alados serafines
lloraban rencor desde las alturas.

Y por esta razón, hace mucho, mucho tiempo,
en aquel reino junto al mar,
un viento sopló de una nube,
helando a mi hermosa Annabel Lee;
sombríos ancestros llegaron de pronto,
y la arrastraron muy lejos de mi,
hasta encerrarla en un oscuro sepulcro,
en aquel reino junto al mar.

Los ángeles, a medias felices en el Cielo,
nos envidiaron, a Ella a mí.
Sí, esa fue la razón (como los hombres saben,
en aquel reino junto al mar),
de que el viento soplase desde las nocturnas nubes,
helando y matando a mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era más fuerte, más intenso
que el de todos nuestros ancestros,
más grande que el de todos los sabios.
Y ningún ángel en su bóveda celeste,
ningún demonio debajo del océano,
podrá jamás separar mi alma
de mi hermosa Annabel Lee.

Pues la luna nunca brilla sin traerme el sueño
de mi bella compañera.
Y las estrellas nunca se elevan sin evocar
sus radiantes ojos.
Aún hoy, cuando en la noche danza la marea,
me acuesto junto a mi querida, a mi amada;
a mi vida y mi adorada,
en su sepulcro junto a las olas,
en su tumba junto al rugiente mar.

Edgar Allan Poe.

 

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